Se puede vivir en la ciudad, trabajar en una oficina y pasar años sin pisar una explotación agraria; lo que no se puede es vivir sin lo que el campo produce. Con ese punto de partida, el ingeniero agrónomo y enólogo José Ramón Díaz de los Bernardos publicaba el 18 de octubre en Revista Campo una tribuna a favor del relevo generacional que merece una lectura atenta, porque desplaza el foco de donde suele ponerse: no se trata solo de cuántos jóvenes quieren ser agricultores, sino de quién va a producir los alimentos y mantener vivo el medio rural.
Un sector que pesa mucho y atrae poco
El autor apoya su reflexión en la memoria anual del Ministerio de Agricultura correspondiente a 2024. Según esos datos, el sector primario —agricultura, ganadería, silvicultura y pesca— generó 40.491 millones de euros de valor añadido bruto, un 2,5% del PIB, y unos 680.200 empleos equivalentes a tiempo completo. Si se amplía la mirada a la cadena agroalimentaria, las exportaciones agroalimentarias y pesqueras rondaron los 75.090 millones, con un saldo comercial positivo de 19.232 millones y el 19,5% de todas las ventas españolas al exterior.
La paradoja, subraya, es que un motor económico de ese tamaño siga teniendo dificultades para que suficientes jóvenes quieran y puedan incorporarse. Los números oficiales de la propia Administración la confirman: menos del 9% de los titulares de explotación tiene menos de 41 años, mientras más de un 40% supera los 65.
Una explotación es una empresa, no solo un oficio
El argumento central de la tribuna es que el campo actual exige mucho más que dominar las labores tradicionales. Quien se incorpora debe manejar agronomía, economía, gestión, normativa, tecnología, comercialización y sostenibilidad; calcular costes, decidir inversiones, gestionar riesgos y adaptarse a un clima cada vez más exigente. Y todo ello, apunta, con una incertidumbre extraordinaria y sin poder trasladar con facilidad esos costes al precio de venta.
Pedir a un joven que se incorpore al campo es pedirle que monte una empresa, no que herede un oficio. Redacción Tierra Joven
De ahí la conclusión que más nos interesa: nadie puede pedir a los jóvenes que apuesten por el campo si no se les ofrecen condiciones para construir un proyecto de vida digno y rentable. Es una exigencia más amplia que la de ayudar a instalarse: implica que la actividad siga siendo viable años después de la primera campaña.
Qué hay hoy sobre la mesa para cumplir esa condición
Si trasladamos esa lista de requisitos a las medidas que cubre este portal, el mapa queda así: formación, tierra y financiación.
- Formación. El Programa Cultiva ofrece estancias en explotaciones de referencia; el Gobierno asegura que han pasado por él 1.130 jóvenes desde 2020.
- Tierra. La plataforma Tierra Joven debe casar oferta y demanda, pero la cartera estatal es sobre todo de parcelas pequeñas, como detalla el informe de Cocampo, y la tierra cambia ya más por herencia que por compraventa.
- Financiación. Las ayudas de hasta 300.000 € para la primera instalación y la petición española de que la próxima PAC reserve al menos el 10% a la juventud agraria.
Más allá de la edad: qué conviene vigilar
El autor insiste en que el relevo es también cuestión de reconocimiento social: haber dejado de valorar a quienes producen lo que comemos. Es un punto que el debate institucional suele pasar por alto, y que cambia la pregunta. En lugar de «¿cuántos jóvenes se instalan?», la medida del éxito sería «¿cuántos siguen en la actividad cinco o diez años después y con qué resultado económico?».
Para quien esté valorando incorporarse, la lectura práctica es tratar el proyecto como lo que es, un plan de empresa: estudiar costes, mercado y financiación antes de la primera siembra. Puedes seguir las novedades de cada una de las piezas anteriores en nuestra guía de las fincas públicas del Estado y en el blog.